Jueves, 12 de noviembre de 2009. AÑO XXI. NÚMERO: 7.269. EDICIÓN MADRID. PRECIO: 1,10 EUROS.
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 OPINION
EDITORIAL
Un fichaje de 81 años tras jubilar a los de sólo 52

NI FIGURABA en ninguno de los pronósticos ni por su edad y perfil parecía un candidato a considerar. Sin embargo, el ex ministro Alberto Oliart, de 81 años, será el nuevo presidente de RTVE tras la dimisión de Luis Fernández, que no ha querido optar a seguir en el cargo. Fernández se va porque no está de acuerdo con el nuevo modelo de financiación, que, tras eliminar la emisión de publicidad, obliga a RTVE a obtener sus recursos del Estado y de un canon que pagarán las otras cadenas y las operadoras de telecomunicaciones. También, porque estaba harto de las zancadillas de personajes sectarios instalados en el consejo del ente. Y sobre todo, porque veía que no existe un proyecto para hacer de TVE una cadena a la vez de calidad y competitiva.

Éste es el escenario con el que se va a encontrar Alberto Oliart, que tendrá que gestionar una empresa sin capacidad de obtener ingresos propios y cada vez más dependiente de las subvenciones del Estado, que ya se acercaban anualmente a los 600 millones de euros.

Oliart, antiguo colaborador de Adolfo Suárez, tiene una dilatada carrera política y es ahora una persona independiente, lo que es bueno para presidir RTVE. Pero su nombramiento suscita la incógnita de si tendrá la suficiente energía y reflejos, a sus 81 años, para gestionar un ente tan complejo y tan dependiente del Estado desde el punto de vista financiero.

A este respecto, se da la curiosa paradoja de que RTVE jubiló en 2007 a toda la plantilla que superaba los 52 años, casi 30 años menos que los que tiene el nuevo presidente, lo cual resulta una incongruencia.

Todo indica que el nombramiento de Oliart ha sido pactado por Zapatero y Rajoy, que probablemente han buscado una persona por encima de toda sospecha de parcialidad política aunque sin experiencia en el sector de los medios de comunicación, como él mismo reconoció ayer cuando admitió que no sabe de televisión. Ello constituye un inconveniente serio en unos momentos en los que el cambio tecnológico y la crisis económica, sumados al apagón analógico previsto para el año que viene, exigen la adopción de nuevas estrategias empresariales y, tal vez, un nuevo ajuste de plantilla.

Teniendo en cuenta la avanzada edad de Oliart y su inexperiencia en el negocio, no faltó quien interpretó ayer su nombramiento como un pacto entre los dos partidos para dejar languidecer a RTVE hasta su cierre definitivo.

¿Tiene sentido mantener las TV públicas a cargo del Erario o practicando el dumping publicitario como hacen las autonómicas cuando va a existir una sobreoferta de canales? Es probable que, a largo plazo, RTVE esté condenada a desaparecer, pero de momento debe funcionar como un servicio público, con una programación de calidad y con una información no partidista. Ése es el único sentido que puede tener una empresa con unos gastos anuales superiores a los 1.200 millones.

La gestión de Luis Fernández, probablemente el responsable del ente público más competente en 30 años de democracia, ha avanzado hacia ese modelo. Pero Oliart lo va a tener mucho más difícil, ya que dispondrá de menos ingresos en un mercado cada vez más segmentado y donde será imposible mantener los actuales niveles de audiencia de TVE. Fernández se ha ido porque no creía que el ente pudiera ser viable sin la emisión de anuncios.

Le aguarda, pues, a Oliart una tarea titánica, en la que tendrá que demostrar que no sólo es un buen gestor sino además un líder que sabe pilotar en plena tempestad. Un reto considerable para una persona de su edad y casi 30 años mayor que los más veteranos de RTVE. Francamente su nombramiento parece una broma.

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