Sábado, 19 de septiembre de 2009. Año XXI. Número: 7.215.
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 OPINION
EL MUNDO QUE VIENE / RICHARD NISBETT
«La gente es más infeliz cuando es joven y su felicidad tiende a aumentar al pasar de los 60»
OCUPACIÓN: Titular de la cátedra Theodore M. Newcomb de la Universidad de Michigan / EDAD: 68 años / FORMACIÓN: Doctor en Psicología Social por la Universidad de Columbia / AFICIONES: Su familia / SUEÑO: Mostrar a la gente que puede desarrollar su inteligencia y que ésta no depende de factores genéticos
PABLO PARDO

Los pobres tienen un coeficiente intelectual más bajo que los ricos. Y los inmigrantes también aparecen como menos inteligentes en los test. Los orientales captan mejor las cosas en su conjunto y tienden a ver relaciones entre los objetos, mientras que, a medida que se avanza en dirección a la puesta del sol, la gente se hace más y más individualista, y tiende a ver los objetos aislados, hasta llegar a Estados Unidos, el paradigma del individualismo.

¿Por qué sucede eso? ¿Es genética, como hasta ahora muchos han defendido? ¿O tiene que ver con la enseñanza, la cultura y el entorno familiar en el que se cría cada persona? Y, si esa segunda opción es la correcta, ¿hasta qué edad es posible modificar la capacidad intelectual de los seres humanos? ¿Podemos seguir desarrollando nuestra inteligencia después de una cierta edad o, como opinan muchos expertos, las capacidades intelectuales quedan fijadas en la infancia?

Richard Nisbett lleva más de tres décadas estudiando esas cuestiones. En el proceso, ha escrito dos libros, The Geography of Thought (La geografía del pensamiento) e Intelligence and how to get it (Inteligencia y cómo lograrla), con los que ha destruido muchos mitos. El más claro, que existen factores biológicos que afectan a la inteligencia. Pero también la idea de que, en la infancia, el ser humano desarrolla una capacidad intelectual que luego no puede cambiar.

Es una teoría que, en el fondo, ha sido corroborada por los hechos en el último año. El presidente de Estados Unidos es un mulato -lo que, según el best seller de los 90 The Bell Curve, debería hacerle menos inteligente que lo que era su predecesor-, que además procede de una familia de ingresos bajos, hasta el punto de que fue criado por su abuela, lo que en Estados Unidos es casi un pasaporte hacia la marginalidad. Sin embargo, Barack Obama fue a Harvard y acabó en la Casa Blanca.

Nisbett también ha inspirado libros que, paradójicamente, han tenido más reconomiento que los suyos. Uno de los éxitos editoriales del año en Estados Unidos, Outliers, de Malcolm Gladwell, se basa en gran medida en los estudios de este profesor de la Universidad de Michigan que, para su desgracia, está a punto de retornar a ese Estado después de tres años investigando en Nueva York. Acaso ahora Nisbett deba echar mano de sus propias teorías sobre la capacidad de adaptación mental del ser humano para afrontar un cambio que no desea.

Pregunta.- ¿Hasta qué punto el entorno es importante en la inteligencia?

Pregunta.- Depende de qué tipo de inteligencia hablemos. La inteligencia fluida, es decir, la habilidad para resolver determinados problemas y que no depende de conocimientos previos, se concentra en el córtex prefrontal [una sección del cerebro que está detrás de la frente]. Esa parte del cerebro se desarrolla en los primeros años de vida y, dependiendo de la educación o de la situación emocional en esos años, una persona puede sufrir luego dificultades cognitivas.

Pero la inteligencia cristalizada [que se basa en habilidades y conocimientos aprendidos] está más dispersa por el cerebro. Y el entorno puede afectarla en cualquier momento. Los taxistas de Londres tienen el hipocampo -la parte del cerebro en la que se concentran las relaciones espaciales- un 25% más grande de lo normal, porque lo desarrollan para orientarse. Otro ejemplo, esta vez negativo: en los países europeos en los que se recurre con frecuencia a las jubilaciones anticipadas tiende a haber un notable descenso del coeficiente intelectual entre los 68 y los 70 años.

P.- Así que para tener una población con buen coeficiente intelectual es mejor no recurrir a las jubilaciones anticipadas.

R.- Sí. Tal vez las jubilaciones anticipadas sean buenas para otras muchas cosas. Pero desde luego, no lo son para la inteligencia.

P.- ¿Y qué pasa con el córtex prefrontal? ¿Es posible hacer que se desarrolle más o que se recupere de daños sufridos en la infancia que puedan provocar problemas cognitivos en el adulto?

R.- Hay muchos tipos de daños cerebrales que pueden ser compensados, como queda claro con las personas que sufren infartos cerebrales. Pero en el caso concreto del córtex prefrontal, yo no sé todavía qué posibilidades hay de recuperar o de expandir sus capacidades.

P.- En su último libro, Intelligence and how to get it, usted utiliza sus teorías sobre el cerebro para proponer medidas destinadas a mejorar la educación, e insiste en que simplemente destinar más dinero al sistema educativo no funciona.

R.- Hay cosas muy básicas que pueden producir maravillas como, por ejemplo, algo tan obvio como mejorar la capacidad de los profesores para enseñar. Los maestros de Estados Unidos se quejan sin parar de que, por paradójico que resulte, no les han enseñado a dar clase, y de que llegan a las escuelas sin haber adquirido experiencia práctica previa. También es muy importante ser más exigentes con ellos. Si cada año se pudiera eliminar del sistema al 2% de los profesores que peor lo hacen, el sistema educativo experimentaría una revolución en apenas una década.

P.- ¿Eso es todo?

R.- No, claro que no, pero hay una cosa clara: en educación se pueden obtener resultados espectaculares sin grandes actuaciones. Eso es particularmente importante en el caso de la educación primaria y secundaria, que tienen lugar en la época de la vida más decisiva para el desarrollo de la inteligencia. Solucionar los problemas de un tercio de los estudiantes -los que obtienen peores resultados- apenas costaría entre 75.000 y 10.0000 millones de dólares [de 50.000 a 70.000 millones de euros]. Sólo en rescatar a la aseguradora AIG el Estado se ha gastado por ahora 175.000 millones.

P.- Usted es tremendamente crítico con los hábitos culturales de las familias de ingresos bajos. ¿No existe la posibilidad de una familia pobre y feliz?

R.- Sí, desde luego, pero todos los datos apuntan a que las familias de clase media-alta tienen mejores hábitos en cuanto a uso de un lenguaje más rico o una mayor importancia de la educación que las de clase media-baja. De hecho, una de las cosas que más me han sorprendido de las reacciones que ha recibido mi último libro es que nadie me ha llamado racista a pesar de que soy muy crítico con los hábitos sociales de muchas familias de raza negra en Estados Unidos. Evidentemente, tengo muy claro que la raza no supone ningún impedimento para el desarrollo intelectual, pero sí que ciertos hábitos culturales o sociales que se pueden dar más en ciertas poblaciones pueden serlo.

P.- De hecho, Barack Obama y su mujer, Michelle, son un ejemplo, en cierto sentido, de cómo alguien de una clase socioeconómica baja pueden alcanzar el éxito.

R.- Sí, desde luego. Mi teoría no exige ser cumplida siempre. Michelle y Barack Obama han mostrado una tremenda inteligencia, y siguen mostrándola.

P.- No sólo hay diferencias de clase. También hay diferencias culturales. ¿Cómo se puede desarrollar un sistema educativo en un país como España en el que el 10% de la población corresponde a inmigrantes recién llegados?

R.- Normalmente, hasta la tercera generación, los inmigrantes no tienen un coeficiente intelectual similar al de los autóctonos. El problema es particularmente grave en el caso de la segunda generación. Por ejemplo, los hijos de inmigrantes italianos en Estados Unidos tenían, a principios del siglo XX, un coeficiente intelectual medio un 15% inferior a la media.

Literalmente, los miembros de cada nueva oleada de inmigrantes siempre han sido considerados idiotas. A finales del siglo XIX en Estados Unidos los escoceses eran el blanco de las burlas. Luego llegaron los polacos y, con ellos, los chistes de polacos. Cuando los suecos se trasladaron a Minnesota los recibieron con el mote de los suecos bobos.

P.- Usted también explica cómo la sociedad está haciéndose más y más audiovisual. Normalmente, eso se interpreta como una señal de empobrecimiento cultural e intelectual. Pero ahora Steven Johnson afirma en Everything bad is good for you (Todo lo malo es bueno para ti) que la cultura popular, que en su mayor parte es audiovisual, desarrolla la inteligencia.

R.- Siempre pensé que la cultura audiovisual tenía que hacer que el vocabulario sufriera, y que la inteligencia cristalizada fuera menor. Ahora, para mi sorpresa, hay evidencias de lo contrario. El vocabulario de la gente ha aumentado de forma espectacular en el último medio siglo, aunque la mejoría se limita en gran medida a los adultos, no a los niños. Eso puede deberse al aumento de la educación: hace 60 años, sólo el 12% de los estadounidenses tenían estudios superiores; hoy es más del 50%. Pero lo verdaderamente sorprendente es que el aumento se produce en todas las formas de inteligencia, no sólo la verbal. De hecho, la inteligencia audiovisual ha crecido todavía más.

P.- La Universidad de Harvard lleva 42 años estudiando la vida de 268 varones graduados entre 1939 (entre ellos, el presidente Kennedy), en el llamado estudio Grant, y ha detectado que la gente no sólo puede mejorar su inteligencia, sino también ser más feliz cuando envejece.

R.- Sí. La gente es más infeliz cuando es joven, y su felicidad tiende a aumentar cuando pasa de los 60. Por un lado, los hijos son un factor de infelicidad en el corto plazo, porque aumentan de forma dramática las preocupaciones. Por otro, cuando la gente se hace mayor, tiende a ser más holística. Al envejecer, reducimos el número de personas con las que interactuamos, y nos concentramos sólo en aquéllas que verdaderamente nos producen satisfacción. Además, cuando nos hacemos mayores, no tenemos que pelear con gente que no nos gusta, en parte porque nuestra carrera profesional ya está fijada, así que no hay que esforzarse mucho en ese campo. Perdemos inteligencia fluida, pero nuestra visión del mundo cambia. Y eso da como resultado una mayor felicidad.

P.- Así pues, nos hacemos sabios con la edad.

R.- Eso es muy curioso. Hasta ahora, asumíamos que la gente mayor no era más sabia. Ahora estamos descubriendo que los ancianos afrontan mejor los conflictos, ya que tienden a tener una perspectiva más amplia, que comprenden mejor las causas de los problemas y tienden a valorar la necesidad de mirar a los problemas desde diferentes perspectivas.

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