ROSALÍA SÁNCHEZ. ESPECIAL PARA EL MUNDO
Berlín
A pesar de que la reunificación alemana arrastra muchos flecos y aunque
las dos sociedades distan de ser un todo integrado, Este y Oeste
confluyen en la persona de Angela Merkel con una asombrosa armonía.
Ayer, durante la charla que mantuvo con varios corresponsales
extranjeros, disfrutó relatando recuerdos personales sobre el Muro de
Berlín y comentando cómo sus experiencias, primero en el Este y después
en el Oeste, han hecho de ella la líder política que es hoy.
Merkel vio en la tele la noticia de la apertura del Muro. «Comenzábamos
a trabajar en la Academia de Ciencias a las siete de la mañana y no
salíamos hasta las 16.30 horas. Las últimas horas no rendíamos, pero
teníamos que cumplir el absurdo horario. Estaba cansada y, cuando
escuché a Schabowski, no pensé que fuera a pasar. Llamé a mi madre.
También lo había oído y bromeamos. Pasaríamos al Oeste ¡para ir a comer
al Kempinski!»
Ni por un momento dudó en cancelar la cita que tenía con una amiga para
ir a la sauna y, cuando se dirigía de vuelta a casa, en la Schönhauser
Allee, decidió seguir a la multitud hasta el Muro. Merkel, por tanto,
estaba en algún escondido fotograma de aquellas imágenes de televisión
que forman parte de nuestro subconsciente colectivo. Una de sus
cualidades definitorias, el pragmatismo, era entonces ya un hecho:
«¿que si fue embarazoso que nos regalasen dinero y bananas? En
absoluto, no sentí que fuera una limosna, me pareció muy práctico!».
«Llegamos hasta el Kudamm unas 10 personas para celebrarlo y beber
cerveza juntos. Después no he vuelto a verlos. Yo no me retiré muy
tarde, porque tenía que madrugar». El improbable trayecto de Merkel,
desde hija de un pastor luterano en la RDA hasta la cima de la política
germana, como jefa de un partido conservador occidental de predominio
masculino, se explica en parte por su cultura protestante del trabajo,
que queda perfectamente reflejada en esta escena: «Daba una conferencia
en una universidad polaca sobre física celular el 13 de noviembre. No
quería defraudar y el viernes, día 10, me encerré con los apuntes y no
quise saber nada más del Muro hasta que volviese. Los polacos se
quedaron estupefactos al verme aparecer, habían dado por cancelada la
conferencia. Me decían '¿qué haces aquí?' No querían hablar de física,
sólo de la caída del Muro».
Nunca luchó activamente contra el régimen, pero mantuvo «una distancia
crítica». Tres meses después había ingresado en la política porque «era
evidente que necesitarían gente». Y en la CDU, «porque los
intelectuales estaban allí». No tenía una imagen idealizada de
Occidente, pero del Este recuerda el miedo: «Nunca podías saber si un
conocido o amigo era un informante». Aprendió a no decir una palabra de
más.
Recuerda que en la RDA las relaciones humanas marcaban la existencia.
«Ese estilo de vida entrena para el diálogo, para los acuerdos
necesarios». Una vez en democracia, «constantemente había que dar
argumentos y decidir entre muchas posibilidades, hasta para comprar
unos zapatos. Esto era nuevo». A la arrogancia del Oeste «se acostumbra
uno con el tiempo».
ELMUNDO.es
Especial:
Berlín, 1989
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