Roberto Bolaño, cuya perspectiva literaria del mundo era desoladora, había imaginado mucho antes de morir que Ciudad Juárez era el sitio escogido para la inexplicable ira de Dios. Cuando comenzaron a aparecer los cadáveres desguazados de mujeres, el escritor chileno, con un sexto sentido para los malos presagios, comprendió que si quería plasmar las llamas del infierno en su obra póstuma, el único escenario posible era esta ciudad mexicana fronteriza con EEUU.
Así fue cómo nació la semilla del episodio más terrorífico de su última novela, 2666, donde Ciudad Juárez se travistió en una localidad denominada Santa Teresa. El vivo retrato del Apocalipsis de nuestros tiempos.
Además de regalarnos una escritura prodigiosa y excesiva, Bolaño resultó ser un vidente de catástrofes venideras. Los datos lo confirman: de acuerdo a un informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal en México, en 2008 Juárez encabezó la lista de las ciudades más peligrosas del mundo, con 132 casos por cada 100.000 habitantes, seguida de la capital venezolana, Caracas.
A pesar de los esfuerzos del Gobierno de Felipe Calderón, no hay quien detenga el inmenso poder de los cárteles de la droga. Es una enorme red de narcotráfico, que ya no se sabe si es manejada por vulgares delincuentes o por desertores de las fuerzas policiales, pero que disfruta de un modus vivendi millonario con mansiones en las que no faltan estrafalarios zoológicos habitados por panteras y leones cuyo alimento suelen ser los secuestrados a los que nunca nadie pagó un rescate.
Juárez ha vuelto a coronarse en 2009 como la metrópolis más brutal del planeta, colocándose por delante de la sangrienta y sitiada Bagdad, con 2.216 víctimas en lo que va de año. Sus calles, avenidas y zaguanes ya no son sitios de recreo, ferias o refugios a la sombra, sino mataderos para ejecuciones fulminantes, vendettas y otras citas inaplazables entre víctimas y verdugos. Tampoco las casas están a salvo y en los centros de rehabilitación los drogadictos son tiroteados por los mismos mercachifles que les inoculan la querencia por los paraísos artificiales.
No hay resquicio donde guarecerse en una ciudad que no conoce la tregua y libra una batalla ciega y sin frentes reconocibles. Por eso, desesperados, los dueños de comercios y otra gente de bien han lanzado un SOS a la ONU pidiendo que un ejército benefactor les salve de este exterminio creciente que las instituciones no son capaces de combatir efectivamente.
Pero ¿cómo intervenir en una guerra que no tiene nombre propio ni fuerzas ocupadoras que avanzan contra la bandera alzada de los aliados? Ésta es una escaramuza sucia de papelinas, jeringuillas usadas, dedos y orejas cercenados que llegan al destinatario en sobres ominosos, pistolas al cinto y francotiradores en los soportales. No es una ofensiva a la usanza de los estrategas militares que mueven panzers imaginarios sobre un mapa. Es un oscuro amasijo de asesinados que ninguna fuerza de paz salvará del purgatorio.
Y en medio del caos aterrador que se respira en Ciudad Juárez, el interrogante de las mujeres violadas, torturadas y asesinadas continúa siendo el gran misterio que no pudo resolver Bolaño cuando quiso acercarse a la boca del abismo.
Jovencitas, prostitutas o amas de casa cuyos cuerpos ultrajados sirven de abono en los descampados y cunetas. Muchachas que se extravían en el camino y sufren vejaciones impronunciables antes de recibir el tiro de gracia. De todas las maldiciones que asuelan esta urbe gris y colindante, ésta es la más inquietante y objeto de las lucubraciones de autores visionarios.
Es preciso recordar que antes de que el real visceralista Roberto Bolaño vaticinara el 2666 como el número fatídico que conjura todos los males, el mexicano Juan Rulfo ya había barruntado la tragedia nacional en la Comala de Pedro Páramo, cuando Juan Preciado descubre la verdad: todos están muertos y los habitantes que le murmullan lamentos son almas en pena en un gran cementerio que nunca duerme. Ciudad Juárez es la pesadilla moderna de dos escritores que la soñaron.