DANIEL G. SASTRE
LA 'SOCIOVERGENCIA', esa coyunda entre PSC y CiU
tantas veces anhelada por los empresarios catalanes, se ha
materializado finalmente. Lástima para ellos que el pacto no se haya
oficializado en el Palau de la Generalitat, sino en los calabozos donde
han pasado la noche Lluís Prenafeta, Macià Alavedra y el alcalde
socialista de Santa Coloma, Bartomeu Muñoz.
Más allá de que estos tres presuntos se entendieran en sus chanchullos,
era evidente desde hace muchos años que la sociovergencia había llegado
al mundo económico aunque CiU y PSC se esquivaran en el político. Y que
lo había hecho de la mano de una premisa que ya parece dogma de fe
tanto en Cataluña como en el resto de España: el que manda tiene
derecho a trincar. De hecho, en muchos casos manda para trincar.
Podría ser, en los casos de Prenafeta y Alavedra, que una vez
acostumbrados a hacer y deshacer a su antojo en la Administración no
hayan sabido acomodarse a la vida civil en la que tanto cuesta salir
adelante. En cuanto a Muñoz, ese hombre que vive en el Turó Park pero
gobierna en Santaco, el problema ha debido ser el que seguramente
aqueja a todo el PSC en el cinturón rojo: uno se acostumbra a tener
poder, a colocar a los hermanos, a decidir dónde se construyen los
pisos. Y se acaba creyendo un dictadorcillo al que sólo cabe obedecer
('total, siempre nos acaban votando').
Es tan vergonzoso que el chalaneo se haya convertido en el objeto
principal de tantas carreras políticas que los servidores públicos
quizás deberían empezar a preocuparse por su condumio. No puede ser que
tanto descaro quede impune; no puede ser que la oposición no se atreva
ni abrir la boca para criticar los desmanes de los que gobiernan porque
tenga miedo de que le recuerden los muertos que tiene en el armario.
Los ciudadanos deben tomar conciencia de que de ellos depende mandarlos
a todos a su casa. Y no es tan grave: cuando en Italia se descubrió que
todos los partidos tradicionales chapoteaban en el fango de la
corrupción y prácticamente desaparecieron, no pasó nada.
Mientras tanto, acabe como acabe la investigación de Garzón, es urgente
que los políticos, si quieren recuperar algo de su credibilidad,
empiecen a plantearse como una prioridad la lucha contra la desafección
más funesta: la que ellos mismos generan.
|