Otro Tagamanent, por favor

Arcadi Espada


Un retorno al neolítico, aunque con hombres que fuman y usan el plástico y queman bencina. El «neoneolítico»


Creo que era en Dels turons fins l'altra banda del riu, ese título con resonancia de Hemingway (Across the river and into the trees, Més enllà del riu i sota els arbres, según traducción de Folch i Camarasa). Creo recordar que Jordi Pujol narraba allí su ascensión, su iniciática ascensión, al Tagamanent, en un extremo del Pla de la Calma, en plena posguerra. Al llegar a la cima parece que encontró un paisaje destruido, tal vez los restos del antiguo castillo, tal vez alguna iglesia, yo no lo sé bien. Entonces decidió:

—Ho reconstruirem.

La declamación tenía voluntad metafórica. La misma de Charles Maurras, ante el París destruido, al decir de mi colega Valentí Puig, un mediodía de calor y niebla en que hablábamos de Maurras y de Péguy y de Herder, apurado ya el poso de los alcoholes nobles, rasgado ya el último jirón de la estética pujolista. En el Tagamanent Pujol, deslumbrado, descubrió que todo estaba por rehacer.

Recuerdo ese libro, y esa cima, y ese propósito lejos del Tagamanent, al otro extremo del país. En la cala Montjoi, concretamente, cercana a Roses, en el camino torturado hacia el Cap de Creus, hacia el finis terrae de Cataluña. ¿Qué hay en Montjoi? Apenas nada: una docena de bañistas —está muy cerca el crepúsculo—; una casa que va cayéndose año a año, lentamente, sobre la playa; un bosquecillo donde es fácil deslizarse —la suciedad y la pinaza mezcladas son un grandísimo peligro para las piernas—; una orilla donde emulsiona una dudosa espuma, y una arena sembrada de colillas y de la dejadez escasamente biodegradable de las masas. Nada de particular: un paisaje común.

En Montjoi no se puede construir fácilmente: es zona protegida. Es una de esas zonas protegidas que tanto irritan al señor Josep Maria Trias de Bes. El señor De Bes escribió hace poco en este diario un artículo modélico, a propósito del referéndum sobre la playa de Castell, en Palamós. Que el señor De Bes esté contra los referéndums no me dice nada. O no me dice más de lo que le dice al señor Joan Subirats, que le replicó aquí mismo con suma pertinencia. No: yo creo que escribió un artículo modélico por otras razones. Cuando el señor De Bes escribe que la no urbanización de la playa de Castell supondrá que el camino de ronda continuará sucio, impracticable, y que los bosques, igualmente sucios, arderán sin remisión, el señor Trias de Bes está describiendo, con justeza, la política que su partido ha aplicado a buena parte del territorio de Cataluña en estos 13 años de gobierno: o urbanización o barbarie. Cierto: una política no demasiado diferente de la que se aplica en muchos lugares de España y de Europa. Pero yo he escuchado decir repetidamente en éste mi tiempo, abierto desde el Tagamanent, que Cataluña tiene una identidad singular y diferenciada.

Montjo, hélas: esto es una zona protegida para nuestro establishment. Por lo tanto, una zona de abandono y desolación. Un retorno al neolítico, aunque con hombres que fuman y usan el plástico y queman bencina. El neoneolítico. Llegar a Montjoi es duro: en la carretera brota un lamentable recuerdo de asfalto. Nadie ha puesto un parche durante milenios y es extremadamente sencillo despeñarse. Quia: el que se despeñe será ecologista o sibarita. Pero votan poco esas especies y casi nunca votan la convergencia. No importa que en Montjoi alumbren los fogones de una de las grandes cocinas de Cataluña y de España y de todo el cosmos untado con aceite de oliva. El Bulli, para el Ayuntamiento de Roses, para el Gobierno de Cataluña, es sólo un negocio privado, cuando debiera ser también un orgullo patrio. Es la única huella de civilización que se alza contra el neoneolítico en Montjoi. Y el pobre Juli Soler hubo de sudar tinta para que le dejaran ampliar el parking —lo ha hecho con un mimo que conmueve—: preferían que los coches se amontonaran como en el chatarrero antes que tocar una maldita piedra virgen. En Montjoi se expresa la barbarie neolítica, como en zonas del delta del Ebro, como se expresa en muchos caminos de ronda, como se expresará en Castell, porque la convergencia ha perdido el referéndum y esa derrota parece librarle de toda responsabilidad.

Frente al neoneolítico sin orden ni sintaxis, frente a la barbarie supuestamente idílica, la urbanización. Es casi innecesario describirla. Éramos jóvenes y contábamos con que la salida del franquismo iba a suponer cierta paz para un territorio torturado. A finales de los setenta era clamorosamente sencillo atribuir al despotismo franquista lo que hicieron con la bahía de Palamós —«bella com un llavi», escribía Gaziel—, lo de Salou, lo de las Illes, todas. Esperábamos algún acto simbólico, alguna demolición, insuficiente pero confortadora como un gesto inútil. Esperábamos que limpiaran el campo de Cataluña de cobertizos desplomados, de hangares que hace mucho que dejaron de servir para nada; que llevaran al barbero los márgenes de las carreteras, como los llevan en la lejanísima Francia, país sin herbajos; esperábamos que entrar en muchos, muchísimos pueblos nuestros no supusiera un acto desmoralizante para cualquier sentido humano. Esperábamos reconocernos en el futuro. Acabó el franquismo, hubo alguna leve contrición, un instante, mínimo y meditabundo. A mediados de los ochenta todo estaba ya claro: lo que han hecho con la Cerdanya —mero ejemplo terra endins: ese hórrido barraquismo horizontal con ínfulas— lo ha hecho el pujolismo. Digo pujolismo como habría que decir siempre socialismo o franquismo: es decir, como un dato condicionante, no único, de la realidad.

Yo voy a subir un día cualquiera al Tagamanent: quiero ver cómo anda el juramento.

El País (Cataluña), sábado 6 de agosto de 1994