Al menos desde 1993 cuando la psicóloga Elizabeth Loftus publicó en la revista American Psychologist
su iniciático artículo Perdido en las galerías comerciales.




El artículo se inscribía en un paisaje fabuloso (anotado en la primera línea de la noticia periodística mejor y más completa que se ha dado de Loftus en España, escrita por Fernando Peregrín, Claves, octubre de 2005): en Estados Unidos se pasó de 6.000 casos de denuncias de abusos infantiles en 1976 a los más de 350.000 de 1988. El exponencial aumento se atribuyó a razones muy diversas. Peregrín enumeraba las dos principales: «Los cambios culturales que condujeron a una mayor liberación en materias de sexo de la sociedad americana y una mayor conciencia de que el mundo no estaba formado sólo por adultos posibilitó que los niños se sintieran más libres para denunciar los abusos cometidos contra ellos.»

Lauren Slater, en el capítulo dedicado a Loftus de su inolvidable Cuerdos entre locos anota una explicación de novelería, aunque elegante y sofisticada: «El ambiente en el país era de euforia. Por todas partes caían muros. Mijail Gorbachov anunciaba la desintegración de la Unión Soviética. En los Estados Unidos muchas personas identificaban su propio telón de acero, su yo dividido, y reunían las piezas.» Yes.





Y así fue, sigo a Slater, como Miss América volvió a ver a su padre entrando en el cuarto para abusar de ella; como la actriz Roseanne Barr ocupó la portada de People: «Soy una superviviente del incesto», y como Time y Newsweek, y hasta el Premio Pulitzer (Herederás la tierra), dieron cumplida cuenta y ampliación del fenómeno.




Hasta que llegó Loftus y rompió el cuento.