Jordi Pujol, nuevo redactor jefe de Cataluña


Una de las pruebas evidentes de que el actual gobierno autonómico no considera que Cataluña sea una nación la da el trato que su máxima autoridad, Jordi Pujol, mantiene con los representantes de los medios de comunicación. Juzgada desde la perspectiva de este trato, Cataluña asume, y aun con dificultad, la condición de barrio. Un barrio habitado, además, por vecinos clónicos. Las anécdotas que cualquier periodista político catalán podría explicar sobre la suficiencia, la ausencia, en fin, de respeto democrático con que Pujol y algunos de sus próximos se relacionan con los medios de comunicación llenarían las páginas de muchos diarios. Desde el día en que abroncó en público a un periodista que no se había levantado de la silla al comparecer el presidente en la sala de prensa —más que la buena educación del abroncado lo que estaba en juego era el acatamiento, porque es bien sabido que Pujol, hombre franco, trempat, que no se complica con excusas cuando llega con media hora de retraso a una rueda de prensa, es poco amante de las maneras versallescas— hasta el último episodio de las declaraciones que remitió, contudentemente lacradas, a La Vanguardia, hay una larga suma de incidentes verificables.

Todo los incidentes tienen un punto de arranque: la pretensión pujolista de redactar el discurso periodístico de los medios de comunicación catalanes, de exclamar, a la manera de Xammar —un corte de genética patriótica muy parecido al de Pujol, pero de mejor escritura—: «Periodisme?... permetin!» cada vez que se trata de hacer uso de los medios. Esta pretensión se ha manifestado con variedad extrema a lo largo de los años. Recoge procedimientos toscos, casi grotescos —Això no toca o Estic de vacances son frases con las que Pujol intercepta cariñosamente al informador que le hace una pregunta inconveniente en Barcelona o en Pequín—, incluye formas de presión infinitas sobre las empresas periodísticas catalanas, frágiles en su mayoria, y reduce a determinados informadores o medios a la condición de persona non grata, una especie de exilio interior del que algún día convendrá hablar a fondo.

No es preciso subrayar siquiera que en las naciones de verdad —y los catalanes tienen una muy cerca— este tipo de comportamientos, aunque formen parte de las tentaciones de los que ejercen el poder, no suelen producirse. Y si se producen son contrarrestadas inmediatamente por los medios, que rozan a veces en sus respuestas la ilegalidad verbal. Por el contrario en Cataluña empiezan a considerarse normales comportamientos del poder en relación a la prensa que parecen evacuados de un totalitarismo surrealista. El miércoles pasado, por ejemplo. Durante la rueda de prensa posterior a la reunión de su gobierno, Pujol explicó, con un lujo de detalles que cabe agradecerle, cómo y por qué remitió a La Vanguardia una especie de simpática autoentrevista donde no faltaba —tan cuco el presidente como Platón— alguna pregunta traviesa. Por qué tal entrevista se publicó, y en la forma y manera en que se publicó, es un asunto que afecta a los responsables de su publicación. Lo que aquí interesa son las explicaciones de Pujol sobre el método elegido, explicaciones que presagian la repetición, y aun la exclusividad de este método, para todo el que quiera reproducir la palabra presidencial.

Pujol descartaba en sus reflexiones la posibilidad de haber concedido entrevistas a otros medios. Y lo justificaba así: «Porque no sé lo que cada diario publicará». Exótica presuposición, la suya: debe de creer que los diarios pueden hacer algo que no sea reproducir sus palabras cuando el objetivo es, justamente, reproducir sus palabras. «También podría haber recurrido a una agencia», continuaba, «pero seguramente saldrán versiones que no serán las que me interesen». Inquietante presagio de redefinición del género: la entrevista ya no es uno de los instrumentos de los que se sirve el periodismo para acceder a la realidad, sino que es un instrumento de que se sirve la política para consolidar su realidad. El párrafo trasluce, además, una singular concepción del presidente sobre el carácter de su Palabra: la hermeneútica («las versiones», como dice) es, en su origen, ciencia de interpretación de la palabra divina y en consecuencia asunto un pelo ajeno al periodismo. Todavía proseguía el presidente: “Si quiero resaltar, por ejemplo, que la administración central nos debe todavía 71.000 millones, algunos medios ni siquiera lo recogerán y otros se centrarán en aspectos que yo no pretendo resaltar, poniendo, por ejemplo, en grandes titulares que «Cataluña es una nación». La sospecha inicial de que el presidente no considera que Cataluña sea una nación se confirma: Pujol cree que poner en su boca «Cataluña es una nación» es, para los periodistas, titular, noticia. O considera, en fin, no le demos más vueltas —y volvamos al trazo grueso que el caso demanda—, que los periodistas son una mera agrupación de subnormalidad creadora.

Hay que decir, finalmente, que el presidente de la Generalitat no se mostraba el miércoles del todo satisfecho con la edición de su autoentrevista: «Estas declaraciones fueron mal tituladas», sancionaba. Imagino que un escalofrío recorrió la dolorida espina dorsal de los plumíferos ante la posibilidad de que el próximo escalón de la carrera periodística de la máxima autoridad de Cataluña sea el de ponerse a redactar títulos en portada y páginas interiores. Pero hay que reconocer que esta vez tenía toda la razón. Esta y todas las otras veces que impugne titulares. Al fin y al cabo un titular no es más que una determinación y, contrariamente, a lo que pueda parecer estos días, el presidente de la Generalitat es un indeterminado. Él y su discurso político-periodístico. Esta característica personal y profesional es, sin duda, una de las claves que explican sus relaciones con la prensa.

La autoentrevista que remitió con ruego de inserción era un ejemplo voluminoso de la erótica de la ambigüedad que ha caracterizado durante estos diez años su mandato. En este sentido era, es, una pieza antológica. La titularon: «No reivindicamos la independencia, sino la autonomía». No le pareció bien. Tampoco le habría parecido bien lo contrario. En estas circunstancias, no hay alternativas: que sea el señor redactor jefe de Cataluña quien a partir de ahora venga a hacernos los titulares. Sí, también los titulares.

Arcadi Espada, 12-1-1990 (Traducido del catalán)