Un asunto importante es el tiempo de congelación necesario para que pueda acometerse con éxito el proceso de liofilización. No puede darse una ley fija. En el caso de los dos asesinos de Tejas han pasado 75 años; pero dadas las peculiaridades de la pareja, tan linda y jovensita, pero ya tan malvada, en concreta definición de Los Tres Sudamericanos, creo que la liofilización empezó con su propio cuerpo caliente, tirado sobre una carretera secundaria de Louisiana. Y fueron a la vez causa y consecuencia del proceso las cinco películas que hasta ahora se han hecho con su vida y obra. Aunque la confusión en todo este asunto es muy densa. Es llamativo, por ejemplo, que la liofilización favorezca a los criminales reincidentes; aunque bien comprendo el mérito de hacer una carrera criminal, muy superior al que se entrega al crimen de modo esporádico. Luego están las circunstancias temáticas y su relación con la actualidad: una liofilización completa de los llamados crímenes de género dudo que pudiera mostrarse en ése u otro centro de cultura contemporánea.

La liofilización requiere a su vez de una premisa sociológica. Se ve muy bien cuando al lado de Bonnie & Clyde se pone Gran Depresión y de inmediato se establece una relación de causa y efecto. La sangre no podría separarse con facilidad moral del resto de sustancias si el criminal no fuera considerado una víctima del medio. En la exposición de Barcelona la premisa sociológica es poco sofisticada. Ciertamente pueril: el Vaquilla, el Jaro y resto de asociados fueron una creación de Franco. Él los metió en los hórridos polígonos industriales y de allí salieron con su jeringuilla, su navaja y su pistola. Siguiendo la corriente, escribía un cronista que las películas de quinquis, el principal alimento gráfico de la exposición, deberían proyectarse sobre la tumba de Porcioles, alcalde de Barcelona en la época de los grandes polígonos y, por cierto, implacable destructor también de la paz burguesa de los barrios de San Gervasio y Putxet, que partió por la mitad con el entonces llamado cinturón de Ronda.

La discusión sobre la influencia del medio en el criminal es una más, aunque muy vistosa, de las discusiones sobre la influencia del medio en general. No hay nada definitivo, sobre eso, ni siquiera demasiado contundente, como bien sabes. Los científicos suelen amarrarse a un prudente, e inoperante, fifty/fifty para medir la influencia de la naturaleza y el medio en la conducta humana. Sin embargo hay llamativas excepciones. Una, extraordinaria, es la del llamado genio creador. La mayor parte de académicos, incluidos los sociólogos, no dudan en referirse a la naturaleza singular del artista como explicación de la grandeza de la obra. Ahí dejan de contar los libros que tuviera papá o la constancia en el aprendizaje que impusiera mamá; si la habitación de los primeros escarceos literarios o pictóricos daba a un umbroso jardín secreto o a un solar desventrado con charcos perpetuos. ¡Es el artista!, proclaman, y hay que callarse y dejar de invocar cualquier vínculo entre el ambiente y su grandeza. Pero, ay, si uno se atreve a decir, también a la vista de sus obras: ¡Es el delincuente! Le espera la cámara de gas en la peor de sus versiones, que es la de instalador.

Sin embargo, aceptada la premisa sociológica y refrendada la condición de víctimas de los delincuentes, lo que yo creo que falta en la morcilla barcelonesa es precisamente sociología. Una cierta ampliación de campo. Hay una gran amenidad sociológica que pudo explorarse. En algún sentido francamente divertida. Era un gran momento para explicar que la normalización lingüística no había llegado a los quinquis y que en ninguna sucursal bancaria se ha oído nunca el grito «¡Mans enlaire!», esta anomalía sociolingüística que ha maniatado el realismo ficcional catalán, y que prueba, sobre todo, la tesis herderiana, esto es, que una lengua imprime carácter sobre quien la habla. (Al paso me gustaría saber cómo está el asunto: sé que los mozos de escuadra deben escribir en catalán sus atestados, pero no sé que hacen con las citas textuales de los criminales, si es que las traducen o sigue sin hacer falta.) Otro tipo de sociología interesante habría sido la de hilar más de un madeja sobre el ambiente. Puede ser que la pobreza traiga delincuencia, aunque los pobres suelen tomarse a mal esta posibilidad. Sin embargo, también es probable que quepa relacionarla con «el ansia de dinero fácil» (para utilizar una reciente expresión de Sarkozy), que afecta a los pobres, pero no sólo a ellos. Y qué decir, siempre en sociológico, de un hermoso brochazo sobre la relación entre quinquis y sus chorbas, palabra ésta que no veo ni siquiera en el glosario anotado en la papelina. En la exposición hay mucho sexo implícito y habría sido bonito meter esa cuchara.

Y, por último, lamento sinceramente que los organizadores hayan despreciado la oportunidad máxima de recordar aquella palabras pronunciadas por Tierno Galván en 1984, en el Palacio de Deportes de Madrid. Apogeo repugnante de la farsa de aquel hombre y su tiempo. Caían a puñados por las calles, quinquis, adictos y sobreadictos, cuando Tierno lo dijo.

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