Estaba en El Prado, acompañado de Gabrielle Finaldi y Elena Garrido, que empezaban a mostrarme con erudición, amabilidad y paciencia «El arte del poder», la inteligente exposición que ha preparado Álvaro Soler del Campo, conservador jefe de la Real Armería de Madrid, sobre la base de una exposición anterior en Washington. Tienes hasta el 23 de mayo para verla; vale la pena que dejes, por un rato, el acebuche, la mecedora y el gin del crepúsculo. Hay que moverse: la exposición pertenece al rango de las que no sólo exponen, sino que descubren.

Ahí está el primer descubrimiento, en el grandísimo cuadro de Tiziano: el Emperador lleva una pistola. No la has visto nunca, claro. Yo tampoco, aunque eso es menos noticia. De «La batalla de Mühlberg» queda en el espectador común la larga lanza y el viento de un poder impasible. A la mirada del armero, sin embargo, no le pasa inadvertida «la pistola de rueda en el arzón derecho de la silla de montar.»

Un ingenio que demuestra la afición del Emperador por la alta tecnología. La pistola está en el cuadro y también, de cuerpo presente, en una vitrina próxima. No es exactamente la misma pistola; pero sí el modelo. En cambio, la armadura que ciñe al maniquí montado en su caballito de cartón es la propia armadura que llevó el Emperador.

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