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1 octubre 1954

Mi querida iaia

Filed under: Diari íntim — Armand @ 16:26




Los últimos días de mi muy querida y adorada iaia. Doña María de la Concepció Benages y Perelló, viuda de Escorsa, archicófrade de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y San Alfonso María de Ligorio y de los Jueves Eucarísticos, miembro perpetuo de la Archicofradía de la Obra Expiatoria de Nuestra señora de Montligeon, socia numeraria de la Asociación de Mujeres de Acción Católica Española, socia de la obra de Fomento de Vocaciones Eclesiásticas y socia de la obra de la Visitación de Nuestra Señora, congregante de la Vela Perpetua en sufragio de las almas del purgatorio e hija de María.





Octubre de 1954

Dissabte 19: A a las 5 de la tarde llegó Félix [Güell]. Estuvimos en el despacho y entró la iaia. Comentamos el tema de las criadas y ella contó cosas muy divertidas del abuelo. A las 18:15 h. Félix, Juan Borrell y yo fuimos al Montecarlo a ver «Amor a media noche». La iaia se quedó sola con la criada nueva, pues mamá y Roser habían salido. Luego fuimos a ir a sacar a la perra, pero al ir a entrar encontramos a mis tíos que venían muy deprisa. Mi tía casi llorosa, muy asustada me dice muy rápidamente: «¿Qué tiene la iaia? nos han llamado diciendo que no está bien». Mi corazón dio un vuelco y dejando a Félix subí con ellos a casa. Al llegar a la puerta encontramos al cura de Montesión que salía. A Quico, a Santi y a Lina. A las tías Pepitas y a tía Enriqueta (las hermanas que no se hablaban). El doctor Roca acababa de irse: resultó que la iaia se disponía a salir con Tía Tereseta cuando se notó algo y se sentó en el sillón del comedor. La criada vio que hacía unos gestos muy extraños y que hacía una cara muy extraña y tenía los ojos velados. Al ver que no reaccionaba con unas palmadas que le dio en las mejillas cogió la libreta de teléfonos y llamó a la primera pariente que encontró apuntada, tía Enriqueta. Y ésta a las tías Pepitas. La portera fue a buscar a Lina. Al ver que estaba como muerta llamaron al médico y arrastrando el sillón al lado de la cama la colocaron en ella con mucho trabajo.

Luego vino Quico y el médico, que le dio una inyección y que dijo que le había dado un ataque de apoplejía y que creía que no viviría muchas horas. Aquel día habíamos comido carn d’olla y le avisamos que no comiera tanto. Después de oír estas explicaciones a mí me dio un susto tremendo y entré a verla. Estaba en cama con los ojos muy extraños y la mirada muy rara, oblicua, el ojo derecho no se le movía. Tenía todo el lado derecho paralizado. De todos modos me dijeron que estaba mejor que al principio, parecía que nos reconocía y estaba muy angustiosa, pasándose continuamente la mano izquierda por los cabellos como para arreglárselos. Al cabo de media hora llego mamá, que también tuvo un susto enorme así como Roser, Jordi y Ñaño, que llegaron después. La velaron mamá y mi tía toda la noche.


Los días siguientes parecía que mejoraba pues reconocía a todos y tenía ganas de hablar, aunque no llegó a recuperar la voz ya más. El ojo derecho lo recuperó del todo y la pierna derecha tuvo algo de movimiento. Tuvimos una consulta con el doctor Trías de Bes, quien dijo que desde luego ya había salido del peligro de muerte pero que el brazo derecho no lo volvería a mover. La pierna dijo que a lo mejor con el tiempo podría tenerse en pie y andar algo y que lo primero que recuperaría sería el habla. Cada día estábamos pendientes de si recuperaba la voz pero nada, solo emitía ruidos y algunos muy pocos modulados. Algunas veces la poca comida que ingería se la daba yo y le hacía bromas: «Estarás contenta, ¿eh? ¿Ves?, hoy tienes pollo. Esto es señal de que vas mejorando pero tu debes tener interés en ello». Tenía mucho apetito. No llegó a darse cuenta de la situación en la que se encontraba pues si no, se hubiera desesperado como ocurre con todos estos enfermos.

Algunas veces se tocaba el brazo inerte y le extrañaba algo pero no relacionaba bien lo que era. Algunos momentos parecía que no reconocía mucho o que no entendía lo que se le decía. Las noches por lo general las pasaba muy angustiada. La velaba una monja hasta las 7 de la mañana, hora en que bien se levantaba mamá, Roser o yo. Mamá estaba siempre cambiándole los paños, los camisones y las sábanas, pues no avisaba cuando tenía una necesidad. Sólo se daba cuenta al notarse mojada. Yo la ayudaba casi siempre y algunas veces lo hacía yo solo: le ponía un orinal plano que le produjo un corte en la región intergluteocoxal superior que no se le cerró nunca. Yo siempre le hablaba y la acariciaba, la peinaba, la besaba y le tocaba la naricita y ella sonreía y me acariciaba la cara y las manos. La quería tanto. Durante todos esos días siempre tenía encendida una vela a mi purísima.

Cada día el practicante le ponía dos inyecciones en la vena que duraban mucho. Yo siempre le daba ánimos y la tenia cogida la cabeza dulcemente para que no mirara la aguja y le besaba la frente. Entre mamá y yo le poníamos las tres inyecciones. La segunda noche estuvo muy nerviosa. Yo creo que fue su momento de mayor lucidez mental, pues estaba velándola (aun no venía la monja), mamá, tía Teresa y Luisa cuando por signos les hizo entender que quería confesarse y comulgar. Mi tío fue a buscar al cura y vinieron mis primos. El cura le hizo unas preguntas que ella comprendió muy bien, la comulgó y le dio la extremaunción. Ella se emocionó pues tenía los ojos húmedos. Después de recibir los santos óleos se tranquilizó mucho.

Dos días antes de morir notamos un poco de cambio en su estado general. La pierna derecha ya no respondía y estaba bastante aplastada. Eso sí, seguía teniendo mucho apetito y tenia mucha sed. Bebía como un porrón. Dos días antes le habíamos puesto los dientes postizos, cosa que le alegró mucho. El día 19 por la tarde no reconocía nada y estaba muy aplastada y adormecida. Entonces nos alarmamos un poco. Por la noche la respiración se le acentuó. Hacía dos noches que no iba de vientre y decidimos darle una lavativa sin moverla, o sea introduciendo la cánula por delante, pero se ve que ya tenía parte de los intestinos paralizados porque no hizo nada. El corazón empezó a latirle mucho. Desesperado llamé al médico que recetó una inyección para el corazón que producía un efecto instantáneo. La fueron a buscar Quico y Félix, se la puse y no le hizo ningún efecto. Me fui a la cama y al poco tiempo me despertaron a las 5:15 alarmadísimos diciendo que había entrado en coma. Tenía los ojos mirando hacia arriba y en dirección izquierda, la boca medio abierta y la respiración muy rápida con un silbido agudo que se me ponía en la cabeza y hacía sufrir mucho, pues comprendíamos que entraba en período agónico. Llamamos al cura que le hizo la recomendación del alma. Estábamos todos a su lado: mamá, que fue su enfermera solícita y abnegada durante toda su enfermedad, mi tía (ellas dos a ambos lados de la cama), junto a ella Jordi, Quico, Roser, Juan Ignacio y yo, sentados en la habitación y el comedor. Yo me levantaba a cada momento e iba arriba y abajo del pasillo, muy nervioso pues veía que se acercaba el momento fatal. La monja le hizo la última recomendación del alma.

A las 8:30 llegó Mercedes Brillas. La respiración se le acentuaba. Parecía un fuelle que no cesaba de soplar y el corazón una válvula en rápido movimiento. Se notaba que la parálisis iba subiendo, pues cada vez le era más difícil respirar. Ya no hacía el silbido. Hubo un momento en que emitió un pequeño ronquido y cerró la boca como para tragar saliva. Creíamos que ya no estaba. La cara que puso a mí me recordó la de cuando estaba buena en cama, sin dientes, y yo iba a darle las buenas noches y me burlaba de su carita, pero volvió a respirar, cada vez más levemente hasta que sólo se veía el pecho subir y bajar de un modo muy mecánico. La mirada se le puso normal. Se fue apagando, apagando. Ya casi no se notaba nada. Ausculté su pecho y aún pude notar muy levemente unos latidos. Se paró la respiración. Quedamos todos callados. Yo volví a auscultarla y aún pude oír los dos últimos latidos que su gran corazón daba aquí en la tierra. Sin ningún gemido, sin ninguna contorsión, entró su alma buena y santa a Dios, quien hacía tiempo la esperaba pues había sido tan buena que la quería a su lado. Ha llegado luz a su nueva vida. Su parto fue largo pero creo que no sufrió. Roser no pudo aguantar más y se puso a llorar, mamá y tía Teresa también. Le cerré los ojos, la besé y salí de la habitación para que la amortajaran. Eran las 9:30h del día 20 de octubre de 1954. Al entrar de nuevo ya estaba arreglada, amortajada con una sábana, las manos cruzadas encima de su regazo. Estaba muy bien, parecía más vieja pero su cara tenía una tranquilidad y una sensación de descanso y paz. Era la apacible serenidad de la muerte.

A mediodía la colocaron en un féretro y se instaló un túmulo en la habitación. Yo iba mucho a su lado y le acariciaba las manos frías y la frente y besé por última vez su naricita. Por la noche la arreglaron dos monjas y mi tía. Recé un rosario a su lado y me acosté a las dos. Al día siguiente fueron llegando las coronas, preciosas. A ella le gustaban tanto las flores que hubiera estado muy contenta. Tuvo seis coronas y un centro. A las doce tuvimos que taponarla pues ya olía bastante mal y tenía las orejas y la parte posterior de las mejillas y cuello morados, así como las puntas de los dedos. Le quité la cruz de las manos, la acaricié y la miré por última vez. A cada momento tenía que ir a mi habitación a llorar. La primera vez que lo hice se ve que me oyeron porque mi tía y Narciso vinieron corriendo a ver lo que me ocurría y me abrazaron los dos llorando. También vino mamá y nos abrazamos y lloramos. En el momento de sacar el féretro del piso tuve que contenerme mucho porque las lágrimas querían salir con gran presión de mis ojos.

Ya en el cementerio vi como la colocaban en el nicho, al lado de su hijita Paquita y ésta entre sus padres. ¡La quería tanto! Para mí representaba 23 años de mi vida a su lado y tenía que conformarme con no verla jamás y hacerme a la idea de vivir sin ella. Al irse a las nueve los últimos visitantes quedamos los tres solos. Se notó un vacío: todos los muebles, todas las habitaciones, todos los objetos decían que ella no estaba, parecía que de un momento a otro tenía que aparecer desde un marco de una puerta o que su voz nos llamaría desde una parte de la casa y por la noche desde el lavabo me parecía oír su respiración, entraba en su habitación y nada, estaba vacía. Era horrible.

Mi mayor ilusión es poder verla y hablarle de nuevo el GRAN día para desde entonces estar con ella toda la eternidad. El día de sus santo fui a visitarla y a llevarle flores, recé junto a ella y lloré.



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